ALT CONGOST

Paro un momento en el cruce, apoyándome en el muro de hormigón. Detrás de mí dos coches intentan incorporarse a la circulación, pero incluso ellos lo tienen difícil. Turismos, motos de gran cilindrada, autocares y camiones pasan volando a mi lado. Los coches de detrás hacen un esfuerzo y entran en la autovía. Pienso en abortar, en que me puedo dejar la piel en mi empeño de probar la ruta del fondo del valle. Luego pienso que debo cometer un acto de rebeldía no organizada, no en forma de manifestación y ocupación pacífica de la vía como ya hicieron los vecinos del pueblo hace unos meses, reclamando oficialmente que parasen los accidentes en ese tramo. Asumo una rebeldía improvisada de usuario, de persona que realiza un desplazamiento por motivos laborales, nunca por deporte. Bajo a trabajar a la biblioteca de Granollers, que abre también por las mañanas y me sirve de oficina. Que lo haga a 30km/h y en bici no significa que no pueda utilizar la misma infraestructura viaria que los amantes de la velocidad y la rectitud del sistema. No hace mucho existía una carretera más estrecha y sinuosa, más acorde con los pliegues del desfiladero, pero fue reemplazada por esta autovía por motivos de aumento del tráfico/población y por pura necesidad de ir más rápido. Hay quien dirá que la antigua carretera era más peligrosa. Viendo las estadísticas de accidentes mensuales y la cantidad de radares que ponen para que la gente reduzca la velocidad, corroboro todo lo contrario. Incluso antes de que existiese la antigua carretera todavía se usaba la vía romana que comunicaba Barcino y Granularium con Ausa. Ya en época medieval y moderna, para dar servicio a los viajeros que pasaban por allí se construyeron molinos, pequeños talleres, tiendas y fondas. Pequeñas iglesias florecieron alrededor. En su momento propuse recuperar este trazado y permitir a los habitantes del Alt Congost seguir río abajo hasta Tagamanent sin la necesidad de coger ni el coche ni el tren. De esta forma, y muy en sintonía con la recuperación de antiguos caminos que se está llevando a cabo en tantos municipios, se podría comunicar Aiguafreda y Sant Martí de Centelles con Tagamanent, Figaró y La Garriga; o lo que es lo mismo, se podría conectar Osona con el corredor natural del Vallès. Los vecinos disfrutarían del frescor del río y su bosque ribereño como llevan haciendo desde hace años los que viven al sur de Tagamanent, que pueden llegar caminando hasta el mar sin salir del camino. Andando podrían ver cosas que no se aprecian tras las asépticas ventanas de los vehículos a motor. Advertirían el claro contraste de la vegetación ribereña con la frondosidad perenne de las vertientes oriental y occidental, donde el bosque submediterráneo se extiende como un tapiz forestal. Verían los rojizos, grises, blancos o anaranjados escarpes rocosos que sobreexcavaron poderosas avenidas torrenciales hace millones de años. Verían a la elegante garza real, al azulado martín pescador y a la polla de agua. Interpretarían rastros de comadrejas en el barro, de tejones, zorros y con suerte, si las aguas se limpiasen al fin, también de nutrias. Oirían el concierto de la naturaleza y no el del motor, la radio o la música grabada en el USB. Cada viaje serviría para aprender algo nuevo, conocer algun árbol carismático y hasta ponerle un nombre. El camino invitaría a que las parejas se amasen jugando en los rincones escondidos, o incluso cualquiera podría echarse una buena siesta a la sombra de álamos y sauces. La realidad es tanto más prosaica. Si se tiene la suerte de vivir al sur del desfiladero es posible andar, cabalgar o pedalear desde La Garriga hasta Tagamanent. Luego la autovía lo absorbe todo, incluso el río. No se puede continuar por el fondo del valle y el caminante/ciclista/jinete, si quiere seguir rumbo norte se ve obligado a dar un largo rodeo a media ladera, remontando la pista de pendientes imposibles del Sot del Torn. De acuerdo que una vez arriba el paisaje se embellece y tranquiliza mucho, pero tal vuelta implica sumar una hora o más al horario previsto. ¡Qué pena que sólo importe la velocidad! Qué pena que la mayoría de gente desconozca la belleza del curso alto del Congost!

Se hace un hueco y algo en mí me empuja a entrar en el estrecho arcén. ¡Ya estoy dentro! Mi incorporación a una vía rápida en la que, pese a la señal de prohibido circular a más de 80km/h, todo el mundo apura hasta llegar a la curva no es en absoluto agradable. Aquí no hay otra alternativa que darlo todo y salir cuanto antes en el desvío a Tagamanent. Seis curvas y cuatro quilómetros es lo que va a durar esta siniestra aventura. Que no muera en el intento depende de dos factores: uno, mantener la rueda delantera dentro del arcén; dos, que los conductores que vienen por detrás se apiaden de mí, que no hayan bebido y que no estén dormidos. Más que nunca temo a los camiones, pues su anchura podría estrellarme contra el guardarraíl, ya aboyado por varios accidentes. Paso la primera curva, suerte que es bajada pero sin haber calentado apenas soy como un motor a punto de ahogarse. 48-16 es la relación máxima que me permite mi bicicleta, el resto lo ponen mis piernas, pulmones y corazón. Paso la fábrica de chimeneas abandonada, paso la cantera en venta. A salvo de la velocidad y la muerte gracias a un muro de hormigón de medio metro, paso al lado del antiguo restaurante, paso al lado de la gasolinera. Desciendo hacia el camino del río y ya a la par de sus aguas mis pulmones se consumen en un lacerante festín de ácido láctico. En mi ensueño post-petróleo imagino grupos de gente desguazando el guardarraíl, las chimeneas de la fábrica, las piedras canteadas y extrayendo a hurtadillas la poca gasolina que queda en los tanques de la estación de servicio. Ni que decir tiene que con un promedio de máximo un camión circulando por la autovía cada hora, más el peligro de sortear las grandes rocas desprendidas de los escarpes que ninguna red protege ya, el silencio ha regresado al fin al bonito desfiladero y las nutrias vuelven a habitar las aguas del río.

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