MYKOLA

How much? Mykola paga su café para llevar y, desentumeciéndose sus músculos, regresa a la comodidad de su cabina climatizada. Tendría que haberme duchado, piensa, pero el frío de los últimos días le ha quitado las ganas. Nada que no cure un buen café caliente.

Ya no se lo toma en la barra del bar. Hace tiempo que prefiere aislarse en su cabina con wi-fi. Ni siquiera le apetece conversar con los compañeros habituales, camaradas que se encuentran en las pautadas estaciones de servicio. Aunque aprendió inglés, él prefiere charlar con sus amigos polacos, tan sufridos como el asfalto que surcan las doce ruedas de su tractocamión matriculado en Lisboa. Pero últimamente les aburren las gestas de sus compinches. Desde que tuvo que hacer un frenado de emergencia bajando de Monrepós, aterrizando en la arena y abrasando todos los neumáticos en el empeño de detener su dinosaurio articulado de 16,50 metros, que ha perdido su buena estrella. Seguros aparte, tuvo que venir una grúa a sacarlo de allí. Él ya pidió que no le diesen la ruta pirenaica, ya dijo que odiaba las montañas. A mí, decía, dadme todas las autopistas, paisajes tan aburridos que a no pocos de sus colegas les habían costado algún disgusto: un volantazo a la cuneta destrozando 40 metros de guardarraíl, un choque con el culo del camión de enfrente, una entrega con dos horas de retraso por haberse saltado la salida correcta. Pero a él no le importaba la horizontal. Nacido no lejos de Kiev, como ucraniano estaba hecho a la llanura y desde que a los trece años empezó a acompañar a su padre en sus rutas de contrabando, había cruzado Europa unas quinientas veces. Ahora, a sus cuarenta y siete, todavía pagaba 200€ mensuales por culpa de aquél error cometido en Monrepós hacía ya 5 años. Siendo de los pocos afortunados que disponían de un vehículo de empresa, la compañía le descontó esa suma de su salario, un salario que desde la crisis de 2008 había quedado estancado, dejando a su familia a las puertas de la miseria. Isabel, su mujer portuguesa con la que vivía en un pisito en las afueras de Lisboa, había sido despedida del outlet donde llevaba diez años trabajando. Si bien cuidaba a sus dos hijas y a su madre, a la familia cada día le costaba más tirar adelante. A duras penas cubrían gastos y manutención. Si no fuese por las benditas ayudas que regularmente le enviaba su hermano Anatoli, también camionero y soltero consagrado, gran catador de whiskerías por toda Europa pero que anteponía a su hermano y su cuñada -única familia que tenía- por encima de todo lo demás; haría tiempo que Isabel y Mykola estarían recurriendo a los comedores sociales.

Maldecía Monrepós, maldecía el muelle de descarga del polígono de Sabiñánigo y maldecía los jodidos Pirineos. Lo peor de todo es que no fue culpa suya. Hizo lo que pudo por no colisionar con aquél Porsche Cayenne que subía en sentido contrario adelantando a cinco coches a la vez, un ejecutivo estresado que volvía de esquiar de Formigal y no contaba con encontrar tanto tráfico un martes. El muy cabrón se dio a la fuga y Mykola no pudo demostrar ante el perito que hizo cuanto pudo por no chocar contra el deportivo. ¿Qué haces si un gilipollas insiste en quedarse en tu carril y no quieres un trompazo? Dar un volantazo a la derecha y tener la milagrosa suerte de disponer en ese momento de un carril de frenado de emergencia.

Mykola no sabe que, pese a ser el camionero invisible de las gasolineras tiene el poder de cambiar las tornas. Es mucho más poderoso que la mayoría. Si viese más allá de su realidad pavimentada, si volviese a la brecha de las conversaciones con sus colegas, podría organizar la huelga más sonada del mundo, una huelga que empezaría con los compañeros de su empresa y se extendería como una plaga de camionero en camionero, de muelle en muelle. Si su camión y el otro, y el otro y todos los camiones de Europa dejasen de circular, cortando en seco el suministro de alimentos, materiales y todos los bienes que transportan y nos traen los héroes de la carretera, pondrían en jaque a nuestra marchita sociedad hambrienta y ambiciosa, poniendo de rodillas a las autoridades y obligándoles a atender sus condiciones. Unas condiciones que, bien planteadas, dejarían de satisfacer solamente al gremio de camioneros y alcanzarían al grueso de la población. El poder del cambio está en manos de gente como Mykola o Isabel y no en la de nuestros hastiados políticos.

Mykola saborea el último trago del café. No es bueno pero almenos está caliente. Un watsap de Isabel acaba de reconfortarlo: no quería decirlo pero cada día me amas mejor, será la distancia. Vuelve pronto. Una mueca, casi una sonrisa, le asoma en su cara. ¿Cuántas crisis habrán pasado?, ¿cuántos errores mútuos? Y a pesar de todo, él también la quiere, como nunca la ha querido. Da el contacto y retumba el motor de su tráiler sediento de petróleo. Mientras se incorpora a la N-260 por el carril de aceleración, siente que ya no le afecta que le hayan devuelto la ruta pirenaica. Cosas en las que nunca antes se había fijado, como el prístino brillo de la nieve en las cumbres de las Tres Sorores, vienen a alegrar su alma. Sin duda ha vuelto su buena estrella y un futuro incierto pero a la vez esperanzador, excitante, se proyecta en su carretera.

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